Si al menos hubiera habido una sombra, tal vez encontraría un contorno,
pero no ...
Era una mañana siciliana de finales del verano,
con su cielo azul, y su sol de membrillo,
era un reflejo malvado de columnas de mármol,
de olivos plateados,
y la tierra de arena de su suelo canela,
fue después de una noche con cena:
insalata di rucola
spagetti alle sarde
“e per bere? un nero d’Avola”;
estaba en una colina, consagrada por un templo
que no fue consagrado a dios ni diosa, porque nunca fue acabado,
porque muchas, continuas y costosas fueron las guerras de Segesta;
sólo en mis gafas oscuras rebota el eco de infinitas columnas,
ahora lo veo,
seis por catorce, seis más doce más doce más seis,
igual a treintayseis: los números sirven para contar
y también para cantar; eso lo supo ya Pitágoras;
sólo por un momento mi emborronada memoria,
como en un sueño pesado, siente el brillo de los cascos,
el restallar de los látigos, y el golpeo de corazas,
de dos ejércitos tronantes un grito que recorre,
valle arriba valle abajo, todo el campo de batalla,
y el templo los ve pasar como ve pasar al viento,
impasible e imperfecto, insatisfecho y eterno;
es el arte del ritmo, de una cierta mirada, de la mano paciente
de memoria impaciente, el que crea el paisaje;
del lugar nombrado, “el espacio en que leemos el tiempo”;
¿no señalan los signos inscritos siempre hacia fuera?
Como palabras que celadas en la boca oímos,
de igual modo discernimos la hora feliz de la melancolía,
en el cuerpo del amante, en el consejo gratuito de nuestro enemigo,
así también intuimos la unión del cielo y de la tierra
en un templo de la antigüedad vacío,
como acariciamos ignotos recuerdos
en el ramo de flores a la vera de un río,
o en la bella moneda que lanzada por Otro
voló por el aire con destellos de azar,
y en ausencia de cambio, o de su precio,
ignoramos a veces el juego que nos juega
con su cara y su cruz, su canto y su misterio.
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