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6 de octubre de 2006

Sicilia I



Si algo resulta curioso de Sicilia es su carácter particular, particular en el sentido que antaño se decía del patio de la casa de cada uno, que no era como el de los demás. Y es que a poco que se esté en la isla durante unos días, uno tiene la sensación de estar pisando suelo ajeno, de hablar con palabras que no acaban de ser del todo de todos, de habitar un mundo lleno de misterios que se esconden tras palabras y signos que en ocasiones revelan erupciones.

Uno de los muchos ejemplos lo explica Peter Robb en su magnífico libro Medianoche en Sicilia (Ed. Alba, págs. 327 y 328), cuando habla de la traslación de significados entre el lenguaje de los pescadores de atún y el de la mafia:

El marqués de Villabianca, a quien el 26 de mayo de 1757 llevaron en un barco a seis kilómetros de Palermo para que viera la mattanza, describió la estructura flotante de redes como:
paredes, columnas y vigas que constituyen un atrio de redes bajo el mar y que en tierra serían un maravilloso palacio [...]. Esta casa marítima tiene cuatro estancias. La primera se llama la Sala Cuadrada [...], y finalmente la cualrta y última, la Sala de la Muerte ... donde tiene lugar el solemne y festivo sacrificio.

La memoria de Sicilia (continua diciendo Robb) está en sus nombres. En Sicilia siempre llamaban al capataz, el pescador que elegía el lugar y coordinaba la mattanza de atunes y emperadores, por su nombre árabe, el rais, el capitán. El fiscal de Palermo Lo Forte dijo que la prolongada masacre de Riina, su larga lista de rivales asesinados, era una mattanza. Y a la habitación en una casa de la piazza Sant’Erasmo donde el jefe de la mafia Filippo Marchese interrogaba, torturaba, estrangulaba y disolvía en ácido a sus víctimas la llamaban la Sala de la Muerte. [Hasta aquí la cita]

El problema de Sicilia no es que haya unos rios de significado que corran por la superficie y que los otros lo hagan bajo tierra, sino que algunos de éstos últimos estén apestados de corrupción y crimen, que lleguen hasta Roma, que la lengua que los profiere se asiente sobre la sintaxis impuesta por la mafia, la ramplona moral de la omertà, y la miserable institución del pizzo que los financia.

La foto que encabeza la entrada fue tomada en el aeropuerto de Palermo el quince de septiembre de 2006. Cuatro días antes, estando de visita en Palazzolo Acrèide asistí por casualidad a una charla que tuvo lugar en la plaza que hay delante de la iglesia de San Paolo, disertaban tres periodistas sobre el aún muy presente poder que ejerce la Mafia en la sociedad siciliana, con especial denuncia de la omertà existente en muchos medios de comunicación en relación a este tema. Me parecieron tres personas enormemente sensatas y valientes. El tema no es, como muchos pudieran pensar, un asunto lejano y del pasado.

Pero Sicilia no es la Mafia, del mismo modo que el País Vasco no es ETA, de otro modo ni en un sitio ni en el otro vivirían más de cincuenta descerebrados. Simplemente son algunos de los desdichados efectos que produce el idiotismo reinante de nuestro tiempo.