Hacía ya mucho tiempo que la atmósfera de Barcelona no estaba tan clara como lo está hoy. Es tan resplandeciente que las cosas de siempre son también otras, lucen de tal manera que parecen recién lavadas, pintadas, lustradas, renacidas, poseen un hiperrealismo que maravilla e intimida.
Tengo enfrente de mi ventana la montaña de Montjuich y puedo distinguir, entre sus árboles y arbustos, al menos quince tonos diferentes de verde. Lo normal suelen ser entre cuatro y siete. Hay también dos libélulas revoloteando entre los cactos, algo inaudito, como si el entero día hubiera amanecido solo para ellas.
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